28,10,0,50,1
600,600,60,1,3000,5000,25,800
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Confitería y café El Telégrafo


 

La CONFITERIA Y CAFÉ DEL TELÉGRAFO, la más lujosa y tradicional que tuvo Montevideo, estaba ubicada en la calle 25 de Mayo, entre Juan Carlos Gómez y Bartolomé Mitre (donde actualmente se encuentra el edificio de la Junta Departamental de Montevideo). Inaugurada en el año 1866 por el señor Santo Rovera, un italiano versado en los secretos de la repostería. Seguramente la primera ubicación haya sido otra, de frente a una de las compañías telegráficas, de donde haya provenido su nombre y luego trasladada a la estratégica ubicación sobre la calle 25 de Mayo. 

La confitería fue instalada a todo lujo en un predio de casi media cuadra de frente, con una marquesina a todo lo largo aprovechada para completar el nombre en grandes letras “CONFITERIA y CAFÉ del TELEGRAFO de SANTO ROVERA”.

Desde fines del siglo XIX hasta la década de 1940 fue uno de los centros sociales más exclusivos y elegantes de la ciudad. En las revistas mundanas y en especial en los Anuarios de “El Siglo” figuraban avisos a página entera, destacando la calidad de sus servicios y la profusión de sus distintas secciones.

En primer término, sobre la derecha, estaba el salón de confitería y café dispuesto con mesas y cómodas butacas. La clientela variaba según las horas del día y de la noche. La muchachada trasnochadora se reponía con los famosos desayunos “completos” de leche con canela o café, acompañados de milhojas cubiertas de miel y jaleas de frutas. Al mediodía los aperitivos y a la media tarde los tés servidos en porcelana inglesa, concurridos por damas de elegante sombrero y cuellos de zorro. La combinación de espejos sabiamente dispuesta permitía el flirteo discreto entre la media luz de la sala y la indiferencia de una sala llena de gente. 

La clientela principal de la media tarde eran hombres de negocios, bancarios, profesionales y comerciantes. Las familias, con hijos incluidos, solían concurrir después de las funciones de cine en el Chic Salón de la calle 25 de Mayo o de teatro en el Cibils o el Solís. Existía, además, un gran salón que se destinaba a fiestas y recepciones, tanto familiares (cumpleaños, casamientos, bautismos y despedidas) como para agasajos y reuniones diplomáticas y de protocolo. Se celebraban banquetes, “refrescos” y soirés.Por entonces los locales preferidos para reuniones sociales eran el comedor del Hotel oriental, el salón del Grand Hotel y el de la Confitería del Telégrafo, pero años después se pusieron de moda el del hotel de los Pocitos, el del parque hotel y más tarde el del Hotel Carrasco.

La confitería funcionaba como un emporio gastronómico. No exageramos al decir que en negocios de tal envergadura solían trabajar entre 80 y 100 personas entre la recepción, el despacho, los mozos, los limpiadores, los servicios de guardarropa y custodia y en la cocina los ayudantes, asistentes y cocineros. Todo un mundo laborioso porque en aquellos tiempos todos los productos se preparaban por anticipado. Cada restaurante fabricaba sus propios dulces, mermeladas, merengues, salsas, tucos, embutidos, condimentos y demás. No como ahora que los productos se compran al por mayor y el cocinero recién procesa el plato en función del pedido del cliente. Antes se trituraban cajas y cajas de frutas y verduras para preparar las conservas en grandes bols de vidrio que se tapaban lo más herméticamente posible.

También podemos decir que la confitería figuraba como casa introductora, puesto que importaba artículos de fantasía para regalo y productos nacionales de calidad. Importación directa de una novedad casi increíble para la época: violetas naturales cristalizadas.

La pieza de la izquierda funcionaba como almacén para despacho de productos al por mayor y menor. Tanto surtía a otras confiterías como vendía en el mostrador a la numerosa clientela de viandas. Anunciaba una selecta bodega de vinos importados y licores finos. Disponía de especialidades como frutas en syrop y abrillantadas, pezzi duri a la napolitana, turrones y mazapanes, fiambres a la italiana y a la mallorquina, gelatinas de todo tipo y jamón de York. Y, aunque parezca increíble, “depósito de hielo” para enfriar botellas y refrescos.

En el piso superior funcionó un establecimiento de baños turcos.

Finalmente, la fama se la llevaba la repostería y los pasteles. Los paladares de la Belle Epoque vernácula hacían cola para elegir y llevar los famosos nengantines, fondants y chocolatines. Las cajas de caramelos se envolvían con cintas de colores, según fueran del tipo suizo o rellenos. Y eran famosos los postres tipo papel y yema española. La especialidad más requerida era la de los alfeñiques, especie de alfajores rellenos de dulce de leche. Y, lo más requerido por los niños, los helados artesanales en toda época del año.

La Confitería y cafetería del Telégrafo funcionó hasta la década del 60.  El inmueble vacío se dividió en 4 propiedades de propiedad horizontal, dos de altos y dos de bajos, arrendados para diferentes destinos. En el año 1985, tras el retorno a la democracia y ya en estado de abandono fue expropiado por el estado por decreto 22386 y adquirido por la Junta Departamental de Montevideo para ampliación de su sede social. Se procedió a la reforma y hoy funciona el sector de las Comisiones y la luminosa sala de sesiones.

 

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