28,10,0,50,1
600,600,60,1,3000,5000,25,800
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El 1º de diciembre de 1896 se inauguró el Gran Hotel y Restaurant de Los Pocitos según anuncio aparecido en La Ilustración Sudamericana, la revista noticiosa y elegante de la época.

En realidad 1896 no fue el año de construcción sino el de su reapertura, tras realizarle una serie de mejoras tendientes a su adecuación a los cánones de la naciente Belle Epoque en su versión rioplatense.

En aquellos tiempos los hoteles de balnearios se construían sobre pilotes de madera para avanzar sobre las aguas. Los bañistas de clase alta no tenían la costumbre ni el gusto de disfrutar de la arena. Accedían al agua por medio de escaleras o se internaban desde la costa en carritos tirados por mulas, hasta donde podían descender libres de las miradas indiscretas. La gente entraba elegantemente vestida en las casillas o en los carritos y allí adentro hacía magia para cambiarse los amplios ropajes por trajes de baño que poco dejaban al descubierto. El caminar sobre la playa estaba reservado al público en general, de escasos recursos, que llegaban en tranvía. Los huéspedes de los hoteles, en cambio, caminaban sobre pasarelas de madera para ir del dormitorio a la casa de baños y de esta a los salones de fiesta.

La idea del momento era disfrutar de la sensación de estar embarcados, a semejanza de los lujosos establecimientos europeos, especialmente de Santander en España, Biarritz en Francia, Ostende en Bélgica o Bristol en Inglaterra. El turno de los balnearios sobre el mediterráneo llegaría años después, con los fabulosos casinos de Niza y Montecarlo.

No podemos precisar la fecha de la primera construcción del hotel de Los Pocitos, porque fue surgiendo en etapas. Tal vez el origen se remontara a principios de la década de 1880. Primero se construyeron unas precarias casillas para baños con rigurosa separación de sexos, para seguir luego con la terrasse de madera que se internaba en el agua para tomar el fresco de la tarde y sentarse tras el pedido de una refrescante Cusenier, bebida licorosa de origen francés. Recién después se construyeron algunos dormitorios, para atender los requerimientos de turistas que llegaban desde Buenos Aires y querían disfrutar de las instalaciones por la temporada. Hacia 1894 la clientela había aumentado en número y exigencias, razón por la que el propietario se decidió a encarar una reforma de gran escala. Las habitaciones fueron decoradas al gusto francés, según la denominación genérica de mobiliario “a la Europea”. El acento se puso en mayor medida en los servicios generales, ante todo un lugar de estar y un salón para espectáculos, cuya capacidad se llevó hasta 500 personas. Le siguieron la adecuación de una cocina de primer orden, con menúes a la carte y servicio esmerado. Un aviso revela claramente la intensidad de la vida social del momento: banquetes para Sociedades, casamientos y reuniones de todo tipo. Las Sociedades a que aludimos no eran de carácter comercial, como sería en nuestra época, sino que eran grupos  de beneficencia o

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

recreativos, formados por los distintos gremios y ocupaciones que solían reunirse al son de instrumentos musicales y competencias de recitadores. De un lado del hotel estaban los baños de hombres, con sus puentecitos, escaleras, casillas y el clásico trampolín. Del otro, terraza por medio, los baños de mujeres.

Este primer establecimiento hotelero, construido en el mismo lugar en el que doce años después la empresa de tranvías La Comercial levantaría el segundo, de material y con lujos refinados, contribuyó a cimentar la fama del pujante balneario de Los Pocitos como el mejor del Río de la Plata.

El nuevo Hotel de Los Pocitos

Abrió sus puertas el 31 de diciembre de 1913 y brindó una elegante cena recibiendo el nuevo año. A este elegante acontecimiento concurrieron las más destacadas y distinguidas familias de la sociedad montevideana.

Pocitos cuenta una historia que pocos pudieron ver. La de un hotel que en la década de los años 10 y 20 del siglo pasado fue el furor de un barrio. “El hotel estaba allí, sobresalía a la rambla”, tal como explica Rebeca Ambrosio, testigo de aquella época, de niña vivía en Pocitos. Ambrosio, habla de aquel hotel y dice “allí” como si lo estuviera viendo. “Es que a mí me impresionó su magnífica estructura, parecido, creo al Hotel del Prado”, recuerda. Pero la historia del Hotel de los Pocitos fue relativamente corta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquel lugar a orillas del mar, con un balcón que salía hacía el Río de la Plata, fue destruido en un temporal el 10 de julio de 1923, junto con buena parte de la rambla. “No recuerdo el temporal, yo era muy chica; no recuerdo tampoco cuándo dejó de estar el hotel. Para mí estaba pero en otro lado” explicó Ambrosio.

El Hotel de los Pocitos comenzó a edificarse después de 1912 cuando el gobierno de Williman autorizó la construcción por parte de una empresa inglesa dedicada al negocio de los tranvías. La obra estaba a cargo del arquitecto inglés John Adams, también constructor del mítico edificio del London París. Guillermo García Moyano describía en su libro “Pueblo de los Pocitos”: “la playa se curvaba en un arco limpio, sin rocas, quebrado por el viejo Hotel de madera, se llamaba Hotel de los Pocitos, que se adentraba en el mar por su terraza, gran muelle asentado en vigas de lapacho creosotado, contra las que poco y nada habían conseguido los emporales. Los ingleses hacían bien estas cosas. De un lado del hotel, como una horrible construcción lacustre, los baños de hombres, con sus puentecitos, escaleras, casillas y el clásico trampolín. Del otro lado, terraza por medio, los baños de mujeres, todo dispuesto con idéntico mal gusto”.

El salón comedor del hotel, muy amplio y singularmente cómodo, estaba iluminado con “tulipanes”, similares a los que se utilizaban en los tranvías. Completaba la línea del hotel una hermosa terraza de maderapor la cual acostumbraban pasear los enamorados a la luz de la luna estival. El lugar se convertiría pronto en un centro de diversión elegante, donde se bailaban valses, polkas y pasodobles, y se ensayaban los, por entonces nuevos ritmos del "one step" y del "cake Walk".

La terraza fué destruida por el temporal que azotó las costas en 1923. En cuanto al ho, terminó siendo demolido en 1935.

Entonces el barrio ya contaba con su actual rambla y estaba poblado de ricas residencias.

En avenida Brasil y José Martí, donde se ubicaba aquel hotel patrimonio de la memoria colectiva de un barrio, hoy no queda más que arena y agua. Ese sector de la rambla es uno de los favoritos para festejos deportivos y políticos sobre la asfaltada rambla Gandhi.

Los más jóvenes prefieren esa curva para pasar las noches de verano con guitarras, bebidas y música. Las sombrillas dejaron atrás los vestidores en la arena, y la arena no muestra ningún vestigio de la existencia del hotel. Ese hotel donde Delmira Agustini pasó su luna de miel con Enrique Job Reyes.

El hotel donde el barrio pensó disfrutar por años, un temporal lo dejó en el recuerdo, o en el olvido.

 

A LA PLAYA EN 1900...

En esos tiempos las arenas no eran tan atractivas, el placer de ir a la playa no era tan corriente y los veranos solían pasarse en grandes casas quinta, ubicadas por el Prado y su entorno. Ir a la playa era casi una trasgresión, era violar una costumbre, solo permitida para prevenir enfermedades, porque decían que el “sol afiebraba las cabezas” o “le daba a los cuerpos la horrible pátina del bronce”.

Para evitarlo la gente que se atrevía iba muy temprano, nunca más de las ocho o las nueve de la mañana y jamás sin sombrilla o paraguas, en algunos casos solo por consejo médico.

El doctor Américo Ricaldoni, una de las glorias de la medicina uruguaya y fundador del Instituto de Neurología, decía en cuanto a los baños que: “lo mejor era apenas entrar y salir del agua, porque el mar debilitaba, no era aconsejable que durara más de cinco minutos.”

Socialmente no era elegante estar tostado. Implicaba pertenecer a las clases más bajas, que no podían evitar estar expuestos al sol.

Nadie concebía tampoco los baños mixtos, tanto que para quien violara esta norma había solo una sanción, sin atenuantes ni explicaciones: la cárcel. Tampoco era bien visto el extenderse al sol en cómodas reposeras, ni el encuentro casual o la charla, porque la playa era un lugar de paso, de estadía breve, no para hacer vida social.

Ir a la playa en 1900 era solo cambiarse de ropa, las mujeres se ponían una malla que era otro vestido, considerado ligero, con un escote recatadísimo, media manga, cinturón y el máximo desnudo permitido era destaparse los tobillos. Quizás alguna más osada, se levantaba el atuendo sólo un poco.

El equipo playero de los hombres era un traje casi de calle, que les tapaba brazos y piernas, y un sombrero protector de paja o un clásico Panamá completaba el conjunto.

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